2020(e)ko apirilaren 4(a), larunbata

Zimel-Itzal

 44 años después de la fundación de Börtz-Olak

Arudin subió los escalones que conducían a la Cámara de las Deliberaciones con paso firme pero apresurado. A su lado, cuatro Guardias de Hierro, pertenecientes a su escolta personal, custodiaban al augusto rey de Börtz-Olak.

Robustas columnas talladas en la propia roca de la montaña, se elevaban hasta los altos techos de la mina enana. Diferentes murales cuidadosamente cincelados, en los que se relataban los sucesos más importantes de la historia del clan real, decoraban las amplias paredes entre las que transcurría la escalera por la que ahora ascendía el rey el cortejo real.

Durante los últimos 40 años, los artesanos del can Burdinbizar habían convertido la roca que conformaba las entrañas de las montañas en un majestuoso reino, cuyas estructuras y decoraciones podían competir con los esplendidos salones de Caeryn-Golloch.

Pero ni la elegancia de las escenas talladas, ni la belleza de las piedras preciosas que las adornaban, fueron capaces de captar la atención del enano, cuya mente bullía con las noticias de los recientes acontecimientos.

Cuando llegó ante el portón que daba paso a la Cámara de las Deliberaciones, las dos anchas puertas que la componían se abrieron sin emitir sonido alguno, revelando el interior del amplio espacio donde se reunía la Asamblea.

Doce pares de ojos se clavaron en él. Sus principales generales, exceptuando a aquellos destinados a la protección de los cantones Sur y Oeste, esperaban sentados, ansiosos por conocer la respuesta al por qué de la llamada de su rey.

Los murmullos fueron creciendo en intensidad durante el tiempo que tardó Arudin en cruzar la sala hasta la silla de roble que presidia la mesa de ónice ricamente decorada, en la que se sentaban los cada vez más inquietos generales enanos.

Los rumores sobre una amenaza exterior se habían extendido durante las dos últimas semanas por toda la mina enana. Arudin había intentado evitar que el nerviosismo se propagase entre los enanos de Börtz-Olak pero no había conseguido impedir que los relatos de los comerciantes que entraban y salían de la ciudad, fuesen calando cada vez más entre los pobladores de las cinco cumbres.

Las diferentes informaciones hablaban de un poder oscuro que hacia huir a los animales y marchitaba los valles de Los Fornos. También se hablaba de algunas granjas aisladas que habían sido arrasadas completamente y cuyos propietarios habían desaparecido sin dejar apenas rastro. La amenaza se había hecho tan presente que incluso había acabado recibiendo nombre propio; Zimel-itzal, o el Marchito Sombrío.

Cada historia que se contaba era más aterradora que la anterior. Los relatos de los testigos se aderezaban con imaginativos añadidos, convirtiendo las noticias provenientes del exterior en aterradoras historias capaces de erizar las barbas del enano más templado. Algunas nodrizas habían añadido el Zimel-Itzal a su amplio repertorio de recursos para amenazar a los niños que se portaban mal. Pero lo cierto era que, incluso entre los enanos adultos, el miedo también se estaba extendiendo. De hecho, cada vez eran más los que habían comenzado a bajar la voz cuando pronunciaban el nombre de Zimel-Itzal, como si el mero hecho de nombrarlo pudiese atraer el infortunio sobre aquellos que osaban hablar del tema.

- Señores, -comenzó el rey, con voz serena –os he hecho llamar porque el Zimel-itzal ha llegado a los valles septentrionales y amenaza nuestras tierras.

Los generales cruzaron miradas y se revolvieron en sus asientos. Algunos incluso, comenzaron a murmurar inquietos entre ellos, sin importarles aparentar nerviosismo ante el resto de sus camaradas.

Arudin hizo un gesto a uno de los Guardias de Hierro que custodiaban las puertas, quien respondió al momento a la muda orden de su rey. Las dos hojas de madera y bronce se abrieron suavemente y una figura encapuchada entró en el salón.

Los murmullos cesaron en cuanto los generales se percataron de la presencia del enano al que su rey había hecho llamar.

El invitado parecía haber padecido un autentico calvario. La poblada barba presentaba un aspecto totalmente desaliñado, impropio de cualquier enano respetable. La vieja capa raída que vestía, apenas conseguía cubrir sus ropas sucias y hechas jirones. Y las botas sucias, habían dejado un rastro de barro en la Cámara de las Deliberaciones, provocando que los generales presentes arrugasen la nariz.

- ¿Un descastado? –preguntó el orgulloso Furgil, un veterano que había participado en la defensa de Aguagrís durante los años de exilio de Arudin. –No quiero poner en duda tus decisiones Arudin, pero la palabra de los de su ralea no suele ser de fiar. Ya hemos oído demasiadas habladurías sobre el Zimel-Itzal. No creo que otro imaginativo relato ayude al enrarecido ambiente del reino.

- No olvides que nosotros mismos vagamos in hogar hace no tanto, Furgil. Que los lujos de Börtz-Olak no nublen tu memoria. -le recordó Arudin a su viejo amigo.

- Tienes razón, Arudin. -reconoció el viejo guerrero. -Pido disculpas. No debería haber menospreciado a nuestro invitado. No es de mi incumbencia que éste no pertenezca a ninguna de las castas. -se disculpó Furgil.

- No es un descastado. –señaló Ganora, la primogénita del rey y la general más joven presente en la Asamblea. – ¡Fijaos bien en sus ropajes!

El resto de generales escudriñó de nuevo al recién llegado y algunas exclamaciones se oyeron entre los asistentes.

Entre la suciedad que cubría los restos de ropa del enano, se adivinaban los colores azul y blanco del ejercito real. ¡Aquel enano era uno de los guerreros del rey!

Los murmullos redoblaron su intensidad entre los asistentes a la Asamblea.

Arudin alzó su voz por encima de los murmullos.

- Así es, Ganora. –el rey presentó al enano ante la Asamblea –Este es Khordin, capitán de los montaraces del Cantón Oeste. Y lo he hecho entrar para que relate a la Asamblea lo mismo que me ha contado a mí esta mañana.
Khordin, pues así se llamaba el montaraz, recibió las palabras del rey como una invitación a  hablar y comenzó a relatar su informe.

- Hace nueve días, llegó a Muin-Oldar, la fortaleza del Cantón Oeste un grupo de enanos que decían huir del Zimel-Itzal. –comenzó el montaraz –Al principio, nuestro Custodio no les dio más credibilidad que a las otras historias sobre el Zimel-Itzal que habíamos escuchado muchas veces antes, pero había algo diferente esta vez. Estos enanos aseguraban que habían visto la amenaza, con sus propios ojos.

Los murmullos se reanudaron otra vez entre los generales.

El rey animó al montaraz a continuar, sin hacer caso del runrún reinante en la cámara.

- Fue mi escuadra la encargada de adentrarse en los valles de los que procedían aquellos refugiados y de recabar toda la información posible. –continuó Khordin, con decisión –Durante tres días, recorrimos las montañas, pero no hayamos rastro de ninguna amenaza… hasta que llegó la cuarta noche.

Khordin calló súbitamente, paralizado por los terribles recuerdos de aquella noche. Finalmente, consiguió reponerse y continuó con su informe.

- Cayeron sobre nosotros antes de que tuviésemos tiempo para reaccionar siquiera. Era una noche sin luna, pero las patrullas deberían haberlos detectado mucho antes. Pronto descubrimos que aquellos seres no eran de este mundo y que evitar a nuestros vigías era el menos terrorífico de sus poderes. –Khordin suspiró profundamente –Combatimos con furia pero nuestras hachas y picos parecían que no los detenían, a pesar de las graves heridas que les infligíamos.

Los generales escuchaban atónitos las palabras del montaraz, por quien empezaban a sentir cierta compasión.

- Uno de ellos se abalanzó sobre mí, derribándome al suelo. Forcejeamos sobre la hierba hasta que logré imponerme y hundirle mi hacha en el pecho. Entonces lo vi, cuando mi enemigo aún se revolvía aun en el suelo, con mi hacha atravesándole el esternón y los pulmones. ¡Aquel ser no acababa de morir porque ya estaba muerto!
Gritos de indignación y juramentos escaparon de las bocas de los generales.

- Cuando pude reaccionar –continuó el montaraz –arranqué mi hacha de su abdomen y la lancé contra su cabeza, decapitándolo de un golpe. Levanté la mirada y vi cómo los pocos de mis montaraces que aun quedaban en pie, eran engullidos por una marea de cuerpos animados, que acabó con todos y cada uno de ellos.

Khordin se detuvo de nuevo, obligado por un sollozo que no pudo evitar.

- Quizá debería haber cargado sobre esos cadáveres y haber muerto junto a mis camaradas. Pero lo único que se me ocurrió fue huir. –murmuró avergonzado –No podía volver a Muin-Oldar, porque la horda de no-muertos ocupaba la única ruta hacia la fortaleza. Entonces se me ocurrió acudir aquí. Puede que haya sido el destino el que me empujó en esta dirección, pues solo los ejércitos de Börtz-Olak pueden evitar que caiga el Cantón Oeste.
 
Arudin miró alrededor, midiendo las reacciones que habían producido sobre sus generales las palabras del montaraz.

- Hiciste lo correcto, Khordin. –le tranquilizó el rey –La Asamblea ha escuchado tus palabras y responderá en consecuencia. El ejército de Börtz-Olak cruzará Los Fornos y acudirán en ayuda del Cantón Oeste.

Todos los generales se miraron entre sí, inquietos ante lo que implicaban las palabras de su rey. Uno de ellos sería el elegido para liderar la liberación del cantón asediado. Y, aunque todos y cada uno de ellos tenía gran experiencia en la guerra, enfrentarse al Zimel-Itzal no era una perspectiva muy halagüeña.

- ¡Escuchadme todos! Sé lo que pensáis y entiendo cómo os sentís. -dijo Arudin al percibir la preocupación de sus generales

- ¡Cerremos las puertas de Börtz-Olak y protejamonos tras ellas hasta que la amenaza haya abandonado nuestros valles! -exclamó Bori, un veterano de las campañas contra los goblins -¡Quizá nosotros no podamos acabar con su no-vida, pero ellos no serán capaces de perforar las paredes de nuestras montañas!

- ¿Y qué pasará con el Cantón Oeste? ¿Qué pasará con Muin-Oldar? -inquirió el rey -¿Abandonaremos a nuestros hermanos a su suerte?

La pregunta del rey resonó en las paredes de la Cámara de las Deliberaciones, pero más tiempo perduró en las mentes de los presentes.

-Nadie desea luchar contra lo desconocido pero debemos presentar batalla y defender nuestros valles. -rompió finalmente el silencio Arudin

- ¿Y cómo se supone que lo haremos? –preguntó Gurnir, un joven general que había destacado en la conquista de los valles del sur. –Nuestros guerreros llevan semanas escuchando historias sobre esta amenaza. ¡Por Dianek! Incluso yo amenazo a mis hijos con el Zimel-Itzal, cuando no se comportan. No será tarea fácil convencer a nuestros guerreros para luchar contra esas abominaciones.

- Lo sé, Gurnir. –admitió Arudin –Por eso no obligaré a ninguno de los aquí presentes a liderar la misión de liberar Muin-Oldar.

El silencio volvió a apoderarse de la Asamblea, cuando los generales comenzaron a debatir en sus mentes sobre lo implícito de las palabras del rey. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a dar la vida por defender su hogar de Börtz-Olak. Pero dirigir a sus guerreros contra un enemigo aparentemente inmortal, obligaba a sopesar detenidamente la situación.

- ¡Yo lo haré! –rompió el silencio Ganora, a la vez que se levantaba de su asiento.

Arudin respiró hondo. Su temor había ido creciendo desde que supo que debería enviar una legión para defender el Cantón Oeste, pues conocía a su hija y sabía que ésta no dudaría en presentarse voluntaria ante la Asamblea. Pero el rey aun no estaba preparado para mandar a su única hija a luchar contra una amenaza como la que atenazaba al reino en esos momentos.

- Eres demasiado joven, Ganora –intentó disuadirla su padre –A pesar de que has demostrado tu valía en el campo de batalla sobradas veces, limpiando los valles de bestias de toda índole, enfrentarse al Zimel-Itzal puede ser demasiado para ti.
Ganora notó como el calor le subía a las orejas, después de escuchar las palabras de su padre. Sabía que los intentos por parte del rey de desacreditarla ante el resto de generales, respondía únicamente al temor que este sentía ante la perspectiva de que Ganora pudiese caer en combate. Pero su padre había elegido sus palabras erróneamente. Ganora escogería las suyas con más cuidado.

- Los guerreros me respetan, padre. –se defendió Ganora con orgullo –Fui yo quien les lideró contra la amenaza de Gribich el infame. Fui yo la que liberó los valles del norte de las garras de Mork Pezuñaoscura. 

- Sí, pero… -trató de rebatir Arudin 

- Y también fui yo quien acudió a tiempo de socorrerte cuando tu ejército se vio rodeado por los salvajes de las montañas. –algunas risas se oyeron, ante el atrevimiento de la joven enana –Creo que si ostento el derecho de ocupar un asiento en la Asamblea, –continuó Ganora, sin permitir que su padre le interrumpiese –significa que tengo la capacidad para comandar una legión contra los enemigos de Börtz-Olak, sea quien sea quien ataca nuestros valles. Ya sea que ese enemigo está vivo… o muerto. Por eso, pido formalmente ante la Asamblea, el mando de la legión que acudirá en ayuda del Cantón Oeste. 

Ganora volvió a tomar asiento y taladró a su padre con la mirada. El brillo de sus ojos transmitía una determinación inflexible.

Arudin lamentó sus palabras. Ahora nadie podría quitarle a Ganora la idea de liderar el ataque contra el Zimel-Itzal. Al mismo tiempo que su hija le atravesaba con la mirada, el rey de Börtz-Olak miró a sus generales y observó que miraban a su hija entre divertidos y admirados por su valor y tozudez. Arudin supo cuál iba a ser el resultado de la votación antes incluso de que se alzasen las manos.

Dos días después de aquello, una legión partió de la capital del reino camino de Muin-Oldar, con Ganora Burdinbizar a la cabeza.






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