Arudin subió los escalones que conducían a la Cámara de las Deliberaciones con paso firme pero apresurado. A su lado, cuatro Guardias de Hierro, pertenecientes a su escolta personal, custodiaban al augusto rey de Börtz-Olak.
Robustas
columnas talladas en la propia roca de la montaña, se elevaban hasta los altos
techos de la mina enana. Diferentes murales cuidadosamente cincelados, en los
que se relataban los sucesos más importantes de la historia del clan real,
decoraban las amplias paredes entre las que transcurría la escalera por la que
ahora ascendía el rey el cortejo real.
Durante los
últimos 40 años, los artesanos del can Burdinbizar habían convertido la roca que
conformaba las entrañas de las montañas en un majestuoso reino, cuyas
estructuras y decoraciones podían competir con los esplendidos salones de Caeryn-Golloch.
Pero ni la
elegancia de las escenas talladas, ni la belleza de las piedras preciosas que las
adornaban, fueron capaces de captar la atención del enano, cuya mente bullía
con las noticias de los recientes acontecimientos.
Cuando llegó
ante el portón que daba paso a la Cámara
de las Deliberaciones, las dos anchas puertas que la componían se abrieron
sin emitir sonido alguno, revelando el interior del amplio espacio donde se
reunía la Asamblea.
Doce pares de
ojos se clavaron en él. Sus principales generales, exceptuando a aquellos
destinados a la protección de los cantones Sur y Oeste, esperaban sentados, ansiosos
por conocer la respuesta al por qué de la llamada de su rey.
Los murmullos
fueron creciendo en intensidad durante el tiempo que tardó Arudin en cruzar la
sala hasta la silla de roble que presidia la mesa de ónice ricamente decorada,
en la que se sentaban los cada vez más inquietos generales enanos.
Los rumores
sobre una amenaza exterior se habían extendido durante las dos últimas semanas
por toda la mina enana. Arudin había intentado evitar que el nerviosismo se
propagase entre los enanos de Börtz-Olak
pero no había conseguido impedir que los relatos de los comerciantes que
entraban y salían de la ciudad, fuesen calando cada vez más entre los
pobladores de las cinco cumbres.
Las diferentes
informaciones hablaban de un poder oscuro que hacia huir a los animales y
marchitaba los valles de Los Fornos.
También se hablaba de algunas granjas aisladas que habían sido arrasadas
completamente y cuyos propietarios habían desaparecido sin dejar apenas rastro.
La amenaza se había hecho tan presente que incluso había acabado recibiendo
nombre propio; Zimel-itzal, o el
Marchito Sombrío.
Cada historia
que se contaba era más aterradora que la anterior. Los relatos de los testigos
se aderezaban con imaginativos añadidos, convirtiendo las noticias provenientes
del exterior en aterradoras historias capaces de erizar las barbas del enano
más templado. Algunas nodrizas habían añadido el Zimel-Itzal a su amplio repertorio de recursos para amenazar a los
niños que se portaban mal. Pero lo cierto era que, incluso entre los enanos
adultos, el miedo también se estaba extendiendo. De hecho, cada vez eran más los
que habían comenzado a bajar la voz cuando pronunciaban el nombre de Zimel-Itzal, como si el mero hecho de
nombrarlo pudiese atraer el infortunio sobre aquellos que osaban hablar del
tema.
- Señores,
-comenzó el rey, con voz serena –os he hecho llamar porque el Zimel-itzal ha
llegado a los valles septentrionales y amenaza nuestras tierras.
Los generales
cruzaron miradas y se revolvieron en sus asientos. Algunos incluso, comenzaron
a murmurar inquietos entre ellos, sin importarles aparentar nerviosismo ante el
resto de sus camaradas.
Arudin hizo un
gesto a uno de los Guardias de Hierro
que custodiaban las puertas, quien respondió al momento a la muda orden de su
rey. Las dos hojas de madera y bronce se abrieron suavemente y una figura
encapuchada entró en el salón.
Los murmullos
cesaron en cuanto los generales se percataron de la presencia del enano al que
su rey había hecho llamar.
El invitado
parecía haber padecido un autentico calvario. La poblada barba presentaba un
aspecto totalmente desaliñado, impropio de cualquier enano respetable. La vieja
capa raída que vestía, apenas conseguía cubrir sus ropas sucias y hechas
jirones. Y las botas sucias, habían dejado un rastro de barro en la Cámara de las Deliberaciones, provocando
que los generales presentes arrugasen la nariz.
- ¿Un descastado?
–preguntó el orgulloso Furgil, un veterano que había participado en la defensa
de Aguagrís durante los años de exilio de Arudin. –No quiero poner en duda tus
decisiones Arudin, pero la palabra de los de su ralea no suele ser de fiar. Ya
hemos oído demasiadas habladurías sobre el Zimel-Itzal. No creo que otro
imaginativo relato ayude al enrarecido ambiente del reino.
- No olvides que
nosotros mismos vagamos in hogar hace no tanto, Furgil. Que los lujos de
Börtz-Olak no nublen tu memoria. -le recordó Arudin a su viejo amigo.
- Tienes razón,
Arudin. -reconoció el viejo guerrero. -Pido disculpas. No debería haber
menospreciado a nuestro invitado. No es de mi incumbencia que éste no pertenezca a ninguna de las castas.
-se disculpó Furgil.
- No es un
descastado. –señaló Ganora, la primogénita del rey y la general más joven
presente en la Asamblea. – ¡Fijaos bien en sus ropajes!
El resto de
generales escudriñó de nuevo al recién llegado y algunas exclamaciones se
oyeron entre los asistentes.
Entre la
suciedad que cubría los restos de ropa del enano, se adivinaban los colores
azul y blanco del ejercito real. ¡Aquel enano era uno de los guerreros del rey!
Los murmullos
redoblaron su intensidad entre los asistentes a la Asamblea.
Arudin alzó su
voz por encima de los murmullos.
- Así es, Ganora.
–el rey presentó al enano ante la Asamblea –Este es Khordin, capitán de los
montaraces del Cantón Oeste. Y lo he hecho entrar para que relate a la Asamblea
lo mismo que me ha contado a mí esta mañana.
Khordin, pues
así se llamaba el montaraz, recibió las palabras del rey como una invitación
a hablar y comenzó a relatar su informe.
- Hace nueve días,
llegó a Muin-Oldar, la fortaleza del Cantón Oeste un grupo de enanos que decían
huir del Zimel-Itzal. –comenzó el montaraz –Al principio, nuestro Custodio no
les dio más credibilidad que a las otras historias sobre el Zimel-Itzal que
habíamos escuchado muchas veces antes, pero había algo diferente esta vez. Estos
enanos aseguraban que habían visto la amenaza, con sus propios ojos.
Los murmullos se
reanudaron otra vez entre los generales.
El rey animó al
montaraz a continuar, sin hacer caso del runrún reinante en la cámara.
- Fue mi escuadra
la encargada de adentrarse en los valles de los que procedían aquellos
refugiados y de recabar toda la información posible. –continuó Khordin, con
decisión –Durante tres días, recorrimos las montañas, pero no hayamos rastro de
ninguna amenaza… hasta que llegó la cuarta noche.
Khordin calló súbitamente, paralizado por los terribles recuerdos de aquella noche. Finalmente, consiguió reponerse y continuó con su informe.
- Cayeron sobre
nosotros antes de que tuviésemos tiempo para reaccionar siquiera. Era una noche
sin luna, pero las patrullas deberían haberlos detectado mucho antes. Pronto
descubrimos que aquellos seres no eran de este mundo y que evitar a nuestros
vigías era el menos terrorífico de sus poderes. –Khordin suspiró profundamente
–Combatimos con furia pero nuestras hachas y picos parecían que no los
detenían, a pesar de las graves heridas que les infligíamos.
Los generales
escuchaban atónitos las palabras del montaraz, por quien empezaban a sentir
cierta compasión.
- Uno de ellos se
abalanzó sobre mí, derribándome al suelo. Forcejeamos sobre la hierba hasta que
logré imponerme y hundirle mi hacha en el pecho. Entonces lo vi, cuando mi
enemigo aún se revolvía aun en el suelo, con mi hacha atravesándole el esternón
y los pulmones. ¡Aquel ser no acababa de morir porque ya estaba muerto!
Gritos de
indignación y juramentos escaparon de las bocas de los generales.
- Cuando pude
reaccionar –continuó el montaraz –arranqué mi hacha de su abdomen y la lancé
contra su cabeza, decapitándolo de un golpe. Levanté la mirada y vi cómo los
pocos de mis montaraces que aun quedaban en pie, eran engullidos por una marea
de cuerpos animados, que acabó con todos y cada uno de ellos.
Khordin se detuvo de nuevo, obligado por un sollozo que no pudo evitar.
- Quizá debería
haber cargado sobre esos cadáveres y haber muerto junto a mis camaradas. Pero
lo único que se me ocurrió fue huir. –murmuró avergonzado –No podía volver a Muin-Oldar,
porque la horda de no-muertos ocupaba la única ruta hacia la fortaleza.
Entonces se me ocurrió acudir aquí. Puede que haya sido el destino el que me
empujó en esta dirección, pues solo los ejércitos de Börtz-Olak pueden evitar
que caiga el Cantón Oeste.
Arudin miró
alrededor, midiendo las reacciones que habían producido sobre sus generales las
palabras del montaraz.
- Hiciste lo
correcto, Khordin. –le tranquilizó el rey –La Asamblea ha escuchado tus
palabras y responderá en consecuencia. El ejército de Börtz-Olak cruzará Los
Fornos y acudirán en ayuda del Cantón Oeste.
Todos los generales se miraron entre sí, inquietos ante lo que implicaban las palabras de su rey. Uno de ellos sería el elegido para liderar la liberación del cantón asediado. Y, aunque todos y cada uno de ellos tenía gran experiencia en la guerra, enfrentarse al Zimel-Itzal no era una perspectiva muy halagüeña.
- ¡Escuchadme
todos! Sé lo que pensáis y entiendo cómo os sentís. -dijo Arudin al percibir la preocupación de sus generales
- ¡Cerremos las puertas de Börtz-Olak y protejamonos tras ellas hasta que la amenaza haya abandonado nuestros valles! -exclamó Bori, un veterano de las campañas contra los goblins -¡Quizá nosotros no podamos acabar con su no-vida, pero ellos no serán capaces de perforar las paredes de nuestras montañas!
- ¿Y qué pasará con el Cantón Oeste? ¿Qué pasará con Muin-Oldar? -inquirió el rey -¿Abandonaremos a nuestros hermanos a su suerte?
La pregunta del rey resonó en las paredes de la Cámara de las Deliberaciones, pero más tiempo perduró en las mentes de los presentes.
-Nadie desea luchar contra lo desconocido pero debemos presentar batalla y defender nuestros valles. -rompió finalmente el silencio Arudin
- ¡Cerremos las puertas de Börtz-Olak y protejamonos tras ellas hasta que la amenaza haya abandonado nuestros valles! -exclamó Bori, un veterano de las campañas contra los goblins -¡Quizá nosotros no podamos acabar con su no-vida, pero ellos no serán capaces de perforar las paredes de nuestras montañas!
- ¿Y qué pasará con el Cantón Oeste? ¿Qué pasará con Muin-Oldar? -inquirió el rey -¿Abandonaremos a nuestros hermanos a su suerte?
La pregunta del rey resonó en las paredes de la Cámara de las Deliberaciones, pero más tiempo perduró en las mentes de los presentes.
-Nadie desea luchar contra lo desconocido pero debemos presentar batalla y defender nuestros valles. -rompió finalmente el silencio Arudin
- ¿Y cómo se
supone que lo haremos? –preguntó Gurnir, un joven general que había destacado
en la conquista de los valles del sur. –Nuestros guerreros llevan semanas
escuchando historias sobre esta amenaza. ¡Por Dianek! Incluso yo amenazo a mis
hijos con el Zimel-Itzal, cuando no se comportan. No será tarea fácil convencer
a nuestros guerreros para luchar contra esas abominaciones.
- Lo sé, Gurnir.
–admitió Arudin –Por eso no obligaré a ninguno de los aquí presentes a liderar
la misión de liberar Muin-Oldar.
El silencio
volvió a apoderarse de la Asamblea, cuando los generales comenzaron a debatir
en sus mentes sobre lo implícito de las palabras del rey. Todos y cada uno de ellos estaba
dispuesto a dar la vida por defender su hogar de Börtz-Olak. Pero dirigir a sus guerreros contra un enemigo
aparentemente inmortal, obligaba a sopesar detenidamente la situación.
- ¡Yo lo haré! –rompió
el silencio Ganora, a la vez que se levantaba de su asiento.
Arudin respiró
hondo. Su temor había ido creciendo desde que supo que debería enviar una
legión para defender el Cantón Oeste, pues conocía a su hija y sabía que ésta
no dudaría en presentarse voluntaria ante la Asamblea. Pero el rey aun no
estaba preparado para mandar a su única hija a luchar contra una amenaza como
la que atenazaba al reino en esos momentos.
- Eres demasiado
joven, Ganora –intentó disuadirla su padre –A pesar de que has demostrado tu
valía en el campo de batalla sobradas veces, limpiando los valles de bestias de
toda índole, enfrentarse al Zimel-Itzal puede ser demasiado para ti.
Ganora notó como
el calor le subía a las orejas, después de escuchar las palabras de su padre.
Sabía que los intentos por parte del rey de desacreditarla ante el resto de
generales, respondía únicamente al temor que este sentía ante la perspectiva de
que Ganora pudiese caer en combate. Pero su padre había elegido sus palabras
erróneamente. Ganora escogería las suyas con más cuidado.
- Los guerreros me
respetan, padre. –se defendió Ganora con orgullo –Fui yo quien les lideró
contra la amenaza de Gribich el infame. Fui yo la que liberó los valles del norte
de las garras de Mork Pezuñaoscura.
- Sí, pero… -trató
de rebatir Arudin
- Y también fui yo
quien acudió a tiempo de socorrerte cuando tu ejército se vio rodeado por los
salvajes de las montañas. –algunas risas se oyeron, ante el atrevimiento de la
joven enana –Creo que si ostento el derecho de ocupar un asiento en la
Asamblea, –continuó Ganora, sin permitir que su padre le interrumpiese
–significa que tengo la capacidad para comandar una legión contra los enemigos
de Börtz-Olak, sea quien sea quien ataca nuestros valles. Ya sea que ese
enemigo está vivo… o muerto. Por eso, pido formalmente ante la Asamblea, el
mando de la legión que acudirá en ayuda del Cantón Oeste.
Ganora volvió a
tomar asiento y taladró a su padre con la mirada. El brillo de sus ojos
transmitía una determinación inflexible.
Arudin lamentó
sus palabras. Ahora nadie podría quitarle a Ganora la idea de liderar el ataque
contra el Zimel-Itzal. Al mismo
tiempo que su hija le atravesaba con la mirada, el rey de Börtz-Olak miró a sus generales y observó que miraban a su hija
entre divertidos y admirados por su valor y tozudez. Arudin supo cuál iba a ser
el resultado de la votación antes incluso de que se alzasen las manos.
Dos días después
de aquello, una legión partió de la capital del reino camino de Muin-Oldar, con Ganora Burdinbizar a la
cabeza.
- La Batalla de Muin-Oldar (1)
- La Batalla de Muin-Oldar (2)
- La Batalla de Muin-Oldar (3)
- La Batalla de Muin-Oldar (4)
- La Batalla de Muin-Oldar (5)
- La Batalla de Muin-Oldar (6)

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