Khordin cargó otro virote en su ballesta, sin dejar de gritar ordenes a los guerreros que formaban el muro de escudos que era la línea enana.
La batalla del
sector este, aquel donde el montaraz había sido destinado con sus dos cohortes,
parecía estar decantándose para el bando de los enanos.
Las murallas de Muin-Oldar
eran más altas en este lado y los no-muertos no eran capaces de hacer frente a
los guerreros que defendían este sector de la fortaleza. Además, la llegada de las
dos cohortes que dirigía Khordin, había supuesto un mazazo inesperado para el
enemigo, que se había visto aplastado entre las murallas de la fortaleza enana
y los refuerzos venidos de la capital del reino.
Los guerreros de
Börtz-Olak, atemorizados durante semanas por la leyenda del Zimel-Itzal,
parecían estar liberando todos esos temores y estaban aplastando al enemigo. Khordin
por su parte, no los retuvo. Jaleó a sus acorazados para que cargaran con todo
y no presentasen piedad con el enemigo.
Hacía nueve días
que aquellas criaturas habían aniquilado a su batallón, después de que les
sorprendiesen en los bosques. Khordin vio cómo sus montaraces caían uno a uno
bajo la horda de no-muertos. La herida aún estaba muy reciente y el enano luchaba
lleno de ira, describiendo mortíferos arcos con su hacha de mango de roble, machacando
huesos y carne podrida, mientras derribaba a todos los esqueletos que se le ponían
enfrente.
- ¡No os detengáis!
-vociferó Khordin, dejándose llevar completamente por el frenesí de la batalla
-¡Los aplastaremos contras las murallas! ¡Que no quede ni uno!
El enano pensaba
cobrarse aquel día, cada gota de sangre derramada por sus camaradas caídos.

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