2020(e)ko irailaren 3(a), osteguna

La Batalla de Muin-Oldar (6)

44 años después de la fundación de Börtz-Olak

 

Ganora avanzó con determinación hacia el rey de los no-muertos. La bestia que utilizaba de montura, estaba surcada de pústulas de las que secretaba una sustancia viscosa y maloliente, que abrasó las fosas nasales de la enana.

El espectro por su parte, taladró a Ganora con su mirada vacía, mientras blandía su espada amenazadoramente, en señal de desafío.

Cuando estuvo a una  veintena de pasos, Ganora levantó el escudo y avanzó lentamente, mientras se mantenía agachada. Aquella bestia, parecida a un gusano gigante, no aparentaba ser demasiado ágil. Pero Ganora se había enfrentado a suficientes enemigos en su joven vida, como para saber que nunca había que subestimar a un enemigo. Y mucho menos si este medía más de tres metros de altura y tenía unos colmillos capaces de triturar al guerrero más avezado.

Sin previo aviso, la criatura lanzó su cuerpo hacia delante con las fauces abiertas, en un intento de atrapar a su víctima. Por suerte, los largos años de adiestramiento hicieron que Ganora levantase el brazo instintivamente, deteniendo el ataque con su escudo de hierro forjado.

Los colmillos no consiguieron penetrar el escudo forjado en Börtz-Olak, pero el golpe fue tan violento, que le dejó el brazo entumecido.

Con tiempo justo para recuperarse y con el brazo del escudo inservible, Ganora utilizó su hacha rúnica para detener el espadazo que el rey no-muerto lanzó hacia su cuello.

Con un pequeño salto hacia atrás, Ganora tomó distancia respecto a su enemigo, para tratar de recuperar la iniciativa.

Ante ella, el rey de los no-muertos, el responsable de haber extendido el Zimel-Itzal por el reino de su padre, abrió la cadavérica mandíbula y se dirigió a la enana con una voz antinatural.

-Ríndete, enana. -su voz resonó en el ahora silencioso campo de batalla -No hay nada que puedas hacer contra mi poder. Solo uniéndote a mí podrás vencer a la muerte. Contigo comandando mi ejército, nada ni nadie podrá detenernos.

-Viéndote, diría que es la muerte la que te ha vencido a tí, espectro... -contestó Ganora, desafiante -¡Y jamás me uniría a tu ejército! ¡Solo sois polvo y como polvo que sois, os barreremos de nuestras tierras!

Un murmullo de aprobación le llegó desde las filas enanas.

-¡Insolente! Tu muerte no será más que el principio de tu castigo. -contestó enfurecido el rey de los no-muertos -Me servirás. ¡Aunque sea contra tu voluntad!

De nuevo, el vermin se abalanzó hacia la enana, pero esta vez, Ganora esperaba el ataque. Con un paso lateral, evitó las mortales mandíbulas que pretendían destrozarla y golpeó con su hacha el putrefacto cuello de la bestia.

El brutal golpe causó una profunda herida, que hizo que la criatura se revolviese violentamente. 

A pesar de los enérgicos tirones, Ganora consiguió sostener el mango de su arma, por lo que cada sacudida hacía que el hacha penetrase más y más en la infecta carne del vermin, agravando la herida de su cuello.

En un desesperado último intento de sacudirse a la terca enana de encima, la bestia asestó un latigazo con su cola, acertando de lleno en el abdomen de la heredera de Börtz-Olak, que salió disparada, golpeándose brutalmente contra el suelo, donde yació inerte.

Un lamento ahogado recorrió las filas de los enanos, que estaban observando el duelo.

-¡Acaba con ella! -ordenó el rey no-muerto a su montura -Pero no destroces su cuerpo, aún debe servirme para la lucha.

La malherida bestia comenzó a reptar torpemente hacia el cuerpo de Ganora, pero las heridas de su cuello fueron demasiado para ella y se desplomó a medio camino, donde murió entre agónicos estertores.

El rey de los no-muertos, evitó que su montura le aplastase en la caída y desenfundado su herrumbrosa espada, avanzó para acabar personalmente con su enemiga, que aún respiraba. 

Cuando llegó ante Ganora, la volteó con su bota metálica, para colocarla boca arriba. Con ambas manos, levantó la espada por encima de la cabeza, dispuesto a hincarla en el pecho de la princesa enana. En cuanto acabase con sus molestos latidos, comenzaría el proceso de reanimación.

Pero justo cuando comenzó a bajar el arma, una saeta le perforó el hombro, deteniendo bruscamente el movimiento mortal que había comenzado. 

A pesar de que su cadavérico rostro no expresaba ninguna emoción, se pudo intuir la sorpresa en sus gestos. 

Sobre el parapeto de la muralla, Khordin, el capitán de los malogrados montaraces de Muin-Oldar, preparaba su ballesta para disparar de nuevo.

Cuando el rey de los no-muertos por fin acertó a reaccionar y llevó una mano a la saeta incrustada en su armadura, otro dardo le acertó en mitad del rostro, acabando en el acto con la no-vida del líder enemigo.

Sin una voluntad que les sustentase, los cadáveres que componían el ejército enemigo se desplomaron sobre el campo de batalla.

Un estallido de alegría recorrió las murallas de Muin-Oldar. El Zimel-Itzal había sido vencido.





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