2020(e)ko otsailaren 26(a), asteazkena

La Última Llama (4). El linaje Fuego Eterno

Muchos años mortales han pasado desde entonces y nuevas generaciones de señores han surgido entre la Estirpe del Dragón.

Hemos de destacar entre ellos al joven señor Kelerionn, de la casa Fuego Eterno. Es el último heredero de uno de los Siete Linajes Draconianos originales y la sangre de sus poderosos antepasados fluye con fuerza por sus venas. 

A pesar de su noble ascendencia, Kelerionn es visto con desconfianza por el resto de Señores de Dragón, pues ha vivido gran parte de su vida, lejos de los escarpados picos de Alandar y muchos entre la Estirpe del Dragón, lo ven como a un extraño. 

Siendo Kelerionn un niño, su padre Calastor, harto de la pobreza de sus posesiones y de la falta de población para trabajar la infértil tierra que había heredado, decidió abandonar la ciudad-fortaleza de Cumbrealta, la última de las grandes fortalezas que una vez había poseído su linaje, y tomó rumbo a la ciudad de Ileuthar, en busca de un futuro mejor para él y para su hijo Kelerionn

Calastor prosperó con el comercio y alejó los fantasmas de bancarrota que sobrevolaban su casa nobiliar. Pero a pesar de vivir rodeado de un lujo impensable para alguien proveniente de las severas montañas de Alandar, su hijo Kelerionn no era feliz. La vida de comerciante en Ileuthar, alejado de la libertad que ofrecían las montañas que había conocido durante su infancia, no era para él.


Abandonar su ancestral hogar de Cumbrealta, fue muy doloroso para la casa Fuego Eterno


Cuando tuvo edad suficiente, Kelerionn fue designado por su padre para supervisar uno de los envíos que debía ir río abajo, hasta la floreciente ciudad de Aguagris, donde tenía negocios la casa Fuego Eterno.

Lo que allí vio era tan diferente de lo conocido hasta ese momento por Kelerionn, que un irrefrenable deseo de aventura creció en el interior del joven príncipe. Gentes de todas las razas nobles atestaban sus bulliciosas calles. Comerciantes de todos los extremos de Mantica, mercenarios con incontables cicatrices, guerreros de severo semblante… todos ellos parecían gritarle con una única voz, que se uniese a ellos en su próximo viaje.

Al cabo de pocas lunas, Kelerionn no pudo soportar por más tiempo la opresión que le producía vivir en la mansión familiar de Ileuthar y abandonó su hogar, dirección a Aguagris, donde se enroló en una de las tantas compañías de mercenarios que podían encontrarse en la ciudad.

Muchas fueron las aventuras que el joven señor Kelerionn vivió en aquella época de su vida, pero para saber más sobre ello, recomiendo al lector la obra de este mismo autor; Relatos de la compañía de la Mano Negra.

Después de años como mercenario, Kelerionn volvió a Ileuthar pues una terrible noticia había llegado a sus oídos. El viejo señor Fuego Eterno había sido herido gravemente por una espada goblin, en una emboscada sufrida durante el traslado de uno de sus cargamentos.

Kelerionn acudió a lomos de su fiel montura Alasombría, un grifo hembra a la que había conocido en una de sus aventuras, a tiempo de despedir a su padre, que murió finalmente a causa del veneno que la hoja goblin había introducido en su cuerpo.

Ver morir a su padre por la mano de un enemigo, cambió completamente a Kelerionn. En aquel momento se dio cuenta de que la vida que había elegido su padre era infinitamente más digna que la suya propia. Kelerionn tenía a su padre por un elfo acomodado, cegado por el dinero. Pero la realidad era bien distinta. Calastor había sido el heredero de un ancestral linaje en decadencia, que había tenido que dejarlo todo atrás, por asegurar la supervivencia de su familia. Y lo había conseguido.

Ante aquella revelación, Kelerionn juró ante el cuerpo de Calastor, que sería un digno heredero y que haría todo lo posible por recuperar la antigua gloria de la casa Fuego Eterno, incluso dando la vida si fuese necesario. Tal y como había hecho su noble padre.

A lo largo de los años que habían pasado en Ileuthar y gracias a los prósperos negocios de Calastor, decenas de elfos habían pasado a formar parte de la casa Fuego Eterno como tesoreros, guardias armados o simples sirvientes. El ahora señor de la casa, reunió a todos en el patio de la mansión familiar y les señaló su primera decisión como líder de la casa Fuego Eterno. Su linaje volvía a las montañas, volvían a Cumbrealta. 

Después de jornadas de intenso ir y venir, se acabaron los preparativos y toda la gente de la casa Fuego Eterno estaba lista para regresar a su hogar. Pero el mismo día de la partida, un vocerío en la misma puerta de la mansión, despertó al joven noble.

Kelerionn acudió extrañado ante el tumulto, pero aún mayor fue su sorpresa al comprobar el origen de aquel jaleo. Decenas de elfos, todos ellos miembros de la compañía de la Mano Negra de Aguagris, se agolpaban a las puertas de la mansión familiar, ofreciéndose voluntarios para ayudarle a restaurar la gloria de su milenaria familia. 


La ciudad-fortaleza de Cumbrealta seguía tan imponente como la última vez que la vio


A algunos de aquellos elfos no los había visto nunca antes. Pero a la mayoría, los tenía como a hermanos, pues habían luchado junto a Kelerionn en la compañía de la Mano Negra y habían sangrado junto a él en incontables ocasiones. Entre ellos se encontraban los dos mejores amigos que Kelerionn había tenido jamás y los principales responsables de aquella escena; Melkior el hechicero y Tethlis el guerrero. Con el tiempo, ambos pasarían a ser poderosos lugartenientes de la casa Fuego Eterno.

Agradecido ante aquel gesto, Kelerionn prometió tierras a aquellos que le siguiesen hasta Cumbrealta y gloria y riquezas, ante la perspectiva de batallas que se darían en la reconquista de su legítimo territorio.

Unos doscientos elfos le juraron vasallaje aquel día, como señor de Cumbrealta. Aquellos elfos sin tierra, veteranos de tantas aventuras, se convertirían en el germen de su nuevo ejército.
 



iruzkinik ez:

Argitaratu iruzkina