Hemos de destacar entre ellos al
joven señor Kelerionn, de la casa Fuego Eterno. Es el último heredero de uno de
los Siete Linajes Draconianos originales y la sangre de sus poderosos
antepasados fluye con fuerza por sus venas.
A pesar de su noble ascendencia,
Kelerionn es visto con desconfianza por el resto de Señores de Dragón, pues ha
vivido gran parte de su vida, lejos de los escarpados picos de Alandar y muchos
entre la Estirpe del Dragón, lo ven como a un extraño.
Siendo Kelerionn un niño, su
padre Calastor, harto de la pobreza de sus posesiones y de la falta de
población para trabajar la infértil tierra que había heredado, decidió
abandonar la ciudad-fortaleza de Cumbrealta, la última de las grandes
fortalezas que una vez había poseído su linaje, y
tomó rumbo a la ciudad de Ileuthar, en busca de un futuro mejor para él y para
su hijo Kelerionn
Calastor prosperó con el
comercio y alejó los fantasmas de bancarrota que sobrevolaban su casa nobiliar.
Pero a pesar de vivir rodeado de un lujo impensable para alguien proveniente de
las severas montañas de Alandar, su hijo Kelerionn no era feliz. La vida de
comerciante en Ileuthar, alejado de la libertad que ofrecían las montañas que
había conocido durante su infancia, no era para él.
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Abandonar su
ancestral hogar de Cumbrealta, fue muy doloroso para la casa Fuego
Eterno
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Cuando tuvo edad suficiente, Kelerionn
fue designado por su padre para supervisar uno de los envíos que debía ir río
abajo, hasta la floreciente ciudad de Aguagris, donde tenía negocios la casa Fuego
Eterno.
Lo que allí vio era tan
diferente de lo conocido hasta ese momento por Kelerionn, que un irrefrenable
deseo de aventura creció en el interior del joven príncipe. Gentes de todas las
razas nobles atestaban sus bulliciosas calles. Comerciantes de todos los
extremos de Mantica, mercenarios con incontables cicatrices, guerreros de
severo semblante… todos ellos parecían gritarle con una única voz, que se
uniese a ellos en su próximo viaje.
Al cabo de pocas lunas, Kelerionn
no pudo soportar por más tiempo la opresión que le producía vivir en la mansión
familiar de Ileuthar y abandonó su hogar, dirección a Aguagris, donde se enroló
en una de las tantas compañías de mercenarios que podían encontrarse en la ciudad.
Muchas fueron las aventuras que
el joven señor Kelerionn vivió en aquella época de su vida, pero para saber más
sobre ello, recomiendo al lector la obra de este mismo autor; Relatos de la compañía de la Mano Negra.
Después de años como mercenario,
Kelerionn volvió a Ileuthar pues una terrible noticia había llegado a sus
oídos. El viejo señor Fuego Eterno había sido herido gravemente por una espada
goblin, en una emboscada sufrida durante el traslado de uno de sus cargamentos.
Kelerionn acudió a lomos de su
fiel montura Alasombría, un grifo hembra a la que había conocido en una de sus
aventuras, a tiempo de despedir a su padre, que murió finalmente a causa del
veneno que la hoja goblin había introducido en su cuerpo.
Ver morir a su padre por la mano
de un enemigo, cambió completamente a Kelerionn. En aquel momento se dio cuenta
de que la vida que había elegido su padre era infinitamente más digna que la
suya propia. Kelerionn tenía a su padre por un elfo acomodado, cegado por el
dinero. Pero la realidad era bien distinta. Calastor había sido el heredero de
un ancestral linaje en decadencia, que había tenido que dejarlo todo atrás, por
asegurar la supervivencia de su familia. Y lo había conseguido.
Ante aquella revelación, Kelerionn
juró ante el cuerpo de Calastor, que sería un digno heredero y que haría todo
lo posible por recuperar la antigua gloria de la casa Fuego Eterno, incluso
dando la vida si fuese necesario. Tal y como había hecho su noble padre.
A lo largo de los años que
habían pasado en Ileuthar y gracias a los prósperos negocios de Calastor,
decenas de elfos habían pasado a formar parte de la casa Fuego Eterno como
tesoreros, guardias armados o simples sirvientes. El ahora señor de la casa, reunió
a todos en el patio de la mansión familiar y les señaló su primera decisión
como líder de la casa Fuego Eterno. Su linaje volvía a las montañas, volvían a Cumbrealta.
Después de jornadas de intenso
ir y venir, se acabaron los preparativos y toda la gente de la casa Fuego
Eterno estaba lista para regresar a su hogar. Pero el mismo día de la partida, un
vocerío en la misma puerta de la mansión, despertó al joven noble.
Kelerionn acudió extrañado ante el
tumulto, pero aún mayor fue su sorpresa al comprobar el origen de aquel jaleo.
Decenas de elfos, todos ellos miembros de la compañía de la Mano Negra de Aguagris, se agolpaban a
las puertas de la mansión familiar, ofreciéndose voluntarios para ayudarle a
restaurar la gloria de su milenaria familia.
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La
ciudad-fortaleza de Cumbrealta seguía tan imponente como la última vez
que la vio
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A algunos de aquellos elfos no
los había visto nunca antes. Pero a la mayoría, los tenía como a hermanos, pues
habían luchado junto a Kelerionn en la compañía de la Mano Negra y habían sangrado junto a él en incontables ocasiones.
Entre ellos se encontraban los dos mejores amigos que Kelerionn había tenido
jamás y los principales responsables de aquella escena; Melkior el hechicero y Tethlis
el guerrero. Con el tiempo, ambos pasarían a ser poderosos lugartenientes de la
casa Fuego Eterno.
Agradecido ante aquel gesto, Kelerionn
prometió tierras a aquellos que le siguiesen hasta Cumbrealta y gloria y
riquezas, ante la perspectiva de batallas que se darían en la reconquista de su
legítimo territorio.
Unos doscientos elfos le juraron
vasallaje aquel día, como señor de Cumbrealta. Aquellos elfos sin tierra,
veteranos de tantas aventuras, se convertirían en el germen de su nuevo
ejército.
- La Última Llama (1). El Reino Unificado
- La Última Llama (2). La Bendición de Calisor
- La Última Llama (3). La fragmentación del Reino
- La Última Llama (5). El Último Señor de Cumbrealta


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