Ciudad portuaria de Aguagrís
Sexto año de exilio de Arudin Burdinbizar
El enano tuvo que empujar con su hombro para que los roñosos goznes de la entrada cediesen. El crujido de la vieja puerta dio paso a una lúgubre habitación, cuyo exiguo mobiliario estaba cubierto por dos dedos de polvo.
Sexto año de exilio de Arudin Burdinbizar
El enano tuvo que empujar con su hombro para que los roñosos goznes de la entrada cediesen. El crujido de la vieja puerta dio paso a una lúgubre habitación, cuyo exiguo mobiliario estaba cubierto por dos dedos de polvo.
-Que alguien abra esas ventanas antes de que nos ahoguemos. –exclamó Arudin a la tropa que le siguió al interior de aquella habitación.
El joven
Kurgril, quien apenas había empezado a arreglarse la barba, se adelantó a
cumplir la orden de su señor. O mejor dicho, antiguo señor, se corrigió Arudin.
Arudin Burdinbizar había pertenecido a una familia acomodada y de buen nombre, en Cairn-Golloch. Fueron las gestas que, durante el conflicto del Abismo, su abuelo Aradun llevó a cabo las que auparon a su familia al estrato noble de la capital del Imperio. Fue uno de los principales artífices de la incontestable victoria que los enanos consiguieron entonces y el emperador supo premiar su aportación, otorgándole tierras y un título con el que poder explotarlas. Su padre Barundin también sirvió bien a las órdenes del emperador, dirigiendo sus huestes con honor en el campo de batalla, innumerables veces. Pero la intachable hoja de servicio de los Burdinbizar, se vio empañada recientemente cuando Arudin falló a los ambiciosos deseos del emperador.
A Arudin se le encomendó la tarea de conquistar un lejano islote que Golloch creía necesario incorporar a sus ya extensos dominios. Lamentablemente, los preparativos por parte de los intendentes imperiales se hicieron tarde y mal y Arudin arribó a la isla en una situación de inferioridad aplastante. Allí luchó ferozmente contra las aberrantes criaturas autóctonas, contra un contingente de humanos e incluso contra una hueste de enanos expatriados. Pero a pesar de sus intentos, la desventaja era tal, que Arudin tuvo que conformarse con establecer un centro de operaciones, que acabaría convirtiéndose en un puerto mercantil de mucho provecho para la corona.
A pesar de ello, cuando volvió a Cairn-Golloch, el emperador le recriminó su falta de éxito delante del resto de representantes de los clanes nobles, avergonzándolo públicamente. La afrenta fue tal, que Arudin renunció a su título y abandonó Abercarr, desengañado totalmente con Golloch y su Imperio. Solo los más fieles de entre los enanos de su clan le siguieron hasta Aguagrís, donde comenzarían una vida como mercenarios, alquilando sus hachas al mejor pagador.
Cuando Kurgril
abrió las contraventanas de madera, una tenue luz iluminó la estancia,
descubriendo una sala de techos bajos, pero lo suficientemente espaciosa como
para abarcar un taller. Un par de puertas al fondo, intuían al menos dos
habitaciones más.
-Pues no está tan mal, Arudin. –intentó animar el ambiente Dorlin, el que una vez fuera el respetable Sacerdote de la Piedra del clan Burdinbizar. –Con un poco de noble trabajo enano, este cuchitril se transformará en un cuartel general bastante tolerable.
Un gruñido fue
la única respuesta por parte del antiguo cabeza del clan.
Cuando llegaron
a Aguagrís, habían contactado con Jarrik, el hijo desarraigado de un antiguo
aliado político y que regentaba la taberna más concurrida y llena de humo de
tabaco, de la ciudad.
El padre de Jarrik había prometido a Arudin que le permitiría asentarse en las montañas que quedaban al oeste de Aguagrís. Aunque para ello, Arudin tendría que arrebatárselas a las criaturas que ahora habitaban sus cumbres.
Pero como parte del trato, antes de dirigirse hacia las montañas, el otrora noble enano, debería ayudar primero al tabernero Jarrik, con los acuciantes problemas que azotaban Aguagrís. Por lo que Arudin y su banda se asentarían en la ciudad portuaria, desde donde organizarían la ofensiva a las montañas, a la vez que intentaban potenciar su influencia en la ciudad, realizando trabajos como espadas de alquiler.
Ya habían realizado un par de tareas para Jarrik y cada vez más enanos habían ido sumándose a la banda de Arudin. Necesitaban un sitio donde instalar a tantos guerreros y después de varios tiras y aflojas, Arudin logró cerrar un buen trato con el huraño tabernero. Jarrik acabó cediéndoles la vieja herrería aneja a su taberna, donde el jefe del clan Burdinbizar y sus guerreros se instalarían y utilizarían como centro de operaciones.
-Creo que no
habrá cerveza suficiente en este agujero de meados al que llaman “ciudad”, para
que me convenzas de barrer esta ratonera. –espetó el corpulento Brothur,
mientras empujaba el carro sobre el que transportaba su temible armadura
mecánica.
-Pues yo estoy con Dorlin. Creo que tiene posibilidades. –apuntó Rumkil, el viejo Guardia de Hierro, antiguo jefe de la guardia personal de los Burdinbizar. –Es una suerte que esta ciudad tenga edificios de manufactura enana. Imaginaos lo incomodo que sería vivir en una de esas endebles viviendas de humanos.
-¡O de elfos! –exclamó jocosamente Folin el rompeescudos, mientras hacía rodar uno de los barriles de pólvora al interior. – ¡Imaginaos! ¡Intentándonos sentar en sillas que pesan menos que mis botas y durmiendo bajo mantas menos ásperas que mi barba!
-Si pasase más de un ciclo en una casa así, solo habría un final posible… –dijo Brothur, mientras hacía un significativo gesto con su hacha.
-¡Sí! ¡Que acabarías tomando el té subido a una de sus ridículas sillas, después de enjabonarte por tercera vez en una semana!
Todos los enanos, incluido el aludido, rieron estruendosamente, aprovechando la ocasión para liberar de su interior el desánimo que les había acompañado, desde que se exiliaron de Cairn-Golloch.
-¡Mi señor! –interrumpió las risas Duril, uno de los acorazados que habían decidido seguir a su antiguo señor. –Un hombre solicita una entrevista. Parece… parece importante, señor. Dice venir en nombre de Lord Svein.
-Hazle pasar. –dijo Arudin, intentando no exteriorizar la emoción que le provocaba la llegada de aquel emisario. –Quizá deberías pensarte lo del jabón, Brothur. –dijo, dedicándole una sonrisa torcida al Juggernaut. -Parece que el mismísimo gobernador de la ciudad requiere de nuestros servicios.


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