43 años después de la fundación de Börtz-Olak
A la luz de un farolillo de aceite, Mjoldür volvió a llenar la cazoleta de su pipa por tercera vez desde que comenzó su guardia. Era la primera ronda que hacia jamás, pero había sido tan larga y aburrida que sentía que tenía suficiente para el resto de su vida.
A la luz de un farolillo de aceite, Mjoldür volvió a llenar la cazoleta de su pipa por tercera vez desde que comenzó su guardia. Era la primera ronda que hacia jamás, pero había sido tan larga y aburrida que sentía que tenía suficiente para el resto de su vida.
Hacía tan solo dos
días que había llegado de los niveles superiores de Börtz-Olak, en donde se acababa de alistar como acorazado del rey,
pero se dijo que ya empezaba a pensar como un veterano que aborrecía las largas
guardias solitarias.
Después de
varios años trabajando en el puerto de la ciudad, descargando los barcosde la flota comercial que llegaban río arriba, se había hartado de estar tanto tiempo a cielo abierto y
decidió que prefería volver al interior de la montaña, donde tendría la
seguridad de la firme roca sobre su cabeza.
Sus padres
lloraron de emoción cuando les enseñó el escudo con el emblema del rey. Para
una familia perteneciente a la casta de
los despojados como la suya, era todo
un honor que uno de sus miembros pasase a formar parte de la casta guerrera.
Su madre le dio
tantos besos, que aun podía sentir el cosquilleo de sus patillas en la mejilla.
Su padre se sintió tan orgulloso, que le hizo entrega de la única reliquia
familiar que poseían. Un hacha de hierro, forjado en las poderosas fraguas de Börtz-Olak.
Sus amigos y
familiares le despidieron por todo lo alto y abandonó el barrio de los Peones
como un héroe de guerra que acude a conquistar grandes glorias. Pero lo cierto
era que lo único que había tenido que hacer desde que llegó a su nuevo destino
fue, bruñir armaduras y hacer una interminable guardia nocturna.
Había sido
destinado a un puesto avanzado de las minas inferiores de la Cumbre Sur. La cohorte a la que ahora pertenecía
Mjöldur, se encargaba de proteger los túneles por los que los mineros
enviaban el mineral excavado. Pero durante las últimas siete horas, ni un vagón
había atravesado la oscura boca de túnel por la que transcurrían las vías que
el joven enano estaba obligado a vigilar.
Mjoldür dio una
larga chupada a su pipa y disfrutó del sabor del tabaco, que le traía recuerdos
de su hogar.
El placentero
momento fue interrumpido por un sonido procedente de la boca del túnel. “¡Al
fin!” pensó el aburrido enano desperezándose para ayudar a los mineros que
estaban por llegar. Pero aunque esperó un rato, nadie apareció por la boca del
túnel. Y lo que era más extraño, ningún sonido siguió a aquel que le había sacado de
su letargo.
La desconfianza
creció en su interior, por lo que guardó su pipa y tomó el hacha familiar y el
escudo que le habían entregado al incorporarse a la legión, con la intención de
investigar el interior del túnel.
Pero antes de
que pudiera dar cinco pasos, una sombra apareció en la entrada del túnel.
Mjöldur no dio
crédito a lo que estaba viendo. Una rata del tamaño de un enano le miraba
fijamente, con sus ojos brillantes y rojizos. Pero no fue el tamaño de aquella rata lo que más extrañó al enano. Lo realmente inquietante era que aquella criatura
caminaba sobre sus dos patas traseras y portaba lo que podía considerarse un
arma rudimentaria.
Antes de poder reponerse de la sorpresa, la bestia se abalanzó sobre él, con un estridente chirrido saliéndole de la garganta llena de verrugas.
Mjöldur tuvo los
reflejos suficientes como para levantar el escudo y parar a duras penas, el
golpe de la rata gigante.
La babeante
criatura volvió a arremeter contra el enano con su burda arma, pero esta vez
Mjöldur estuvo atento y desvió el golpe con el escudo. Aprovechando que su
enemigo descuido su guardia, el enano lanzó un tajo con su hacha, que se
incrustó en el peludo tórax de la rata bípeda.
La bestia cayó
entre estridentes y agónicos chillidos, mientras se desangraba por la aparatosa
herida del pecho. Su agonía duró hasta que el joven enano la remató con otro
golpe de hacha, dirigido a la cabeza.
Mjöldur no tuvo
tiempo de reponerse, pues el sonido de cientos de pasos resonó desde el oscuro
túnel, en su dirección.
Mientras hacia sonar la campana de estaño que avisaba de la presencia de enemigos, el joven enano solamente pudo pensar en sus padres y en los amigos que había dejado en los niveles superiores de Börtz-Olak.

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